miércoles, 23 de agosto de 2017

Instantáneas: los poemas de Antonio Guzmán


Edgar Núñez Jiménez
I

La tradición del poema breve japonés es antiquísima y emerge en un territorio del que apenas conocemos la fachada; por ello mismo, la definición y, más aún, la traducción del haikú en occidente, solo puede ser imprecisa. Las definiciones del haikú son tan variadas y tan sugerentes como el haikú mismo; es el peso de un aroma en el aire (Paul Valery), el punto de intersección entre lo constante y un momento eterno (Donald Keene) o “un guijarro arrojado al estanque de la mente del oyente, que evoca asociaciones en su memoria” (Watts en Cuartas, 2005, p. 11-12).  Sin embargo, las disertaciones de los poetas y estudiosos concluyen en la tendencia minimalista, la sugerencia que anuncia o revela el estado de las cosas y el tono impresionista en la que capta los elementos que aprehende. En un haikú se revela lo que está pasando aquí y ahora, lo que está sucediendo en un momento determinado al cual el espectador es invitado (Cuartas, 2005, p. 32). O bien es “un momento satoria o de iluminación, al cual, dice el Zen, se puede llegar instantáneamente sin estados previos” (Arrellano, 2010, p. 16).
El haikú es un poema breve de 17 sílabas (5-7-5, según la regla) que se desprende de un poema mayor llamado Tanka: la diferencia estriba en que el Tanka es dueño de dos versos más de siete sílabas que le sirven de complemento o comentario. El poeta Soogi (1421-1502) es quien iniciaría con la separación de los tres primeros versos llamado hokku, otorgándole una importancia y autonomía propia. Matshuo Basho, Yosa Buson, Issa Kobayashi y Shiki Masaoka serían los grandes reformadores del género.
            El haikú como expresión poética está amparada bajo el halo de la sugerencia y de la contemplación; el escrutinio de la razón desaparece y deja paso a la sensibilidad y a la experiencia de los sentidos. El poeta sintetiza la grandeza del mundo en tres versos, penetra en la intimidad y muestra la vida de las cosas. El haikú se moverá entonces en un momento de iluminación o reconocimiento del ser ante el mundo, principalmente de dos maneras: desde una tendencia minimalista que contempla de manera obsesiva lo pequeño, o que ve al mundo desde espacios estrechos, como en el caso de Issa Kobayashi; o bien, desde una abertura mayor que asimila paisajes inmensos, estaciones del año y el fluir continuo del tiempo, como en Basho.

II
En las primeras páginas de la novela Nieve, Maxence Fermine nos presenta a Yuko un joven de 17 años que, salvada su educación ética, debe elegir entre la religión o la guerra. A decepción de su padre, el joven no elige ni una ni otra cosa, pretende consagrarse en el arte del haikú.  El padre de Yuko, un monje sintoísta, con un gesto de decepción le informa a su hijo que el ser haijín no es un oficio, sino un pasatiempo. El joven, seguro de sí mismo, responde: “es lo que quiero hacer. Quiero aprender a mirar cómo pasa el tiempo”.
La figura del poeta contemplativo, resumiría en gran medida al hacedor de haikú; sumando las otras características, como la economía del lenguaje, la reducción de un universo vasto, sea visual o sensorial, a escasos tres versos y 17 sílabas, la sugerencia y la captación casi impresionista de las cosas. Antonio Guzmán es el joven Yuko, que decide ante todo, a aprender cómo pasa el tiempo y más aún, a detenerlo en la instantánea del haikú. En Vivir como fuego, Guzmán Gómez ha hecho suya esa tradición poética oriental y la ha trasladado a su espacio: tanto interior como exterior. El haikú, lejos del contexto oriental en el que nació, se ve amparado ahora de la mano de un poeta tzeltal que no interroga al mundo, sino la contempla. Shiki Masaoka (1867-1902) el último gran reformador de la poesía japonesa, apelaba precisamente a la inserción de otras culturas y otros lenguajes para que el tanka pudiera universalizarse y trascender esa esfera cerrada y tradicionalista del Japón. “Toda palabra que pueda expresar belleza —escribió Shiki enfáticamente— es una palabra apropiada para el tanka; no hay otras palabras para el tanka.  Sean chinas u occidentales, todas las palabras que puedan usarse literariamente, pueden ser consideradas como pertenecientes al vocabulario del tanka” (Cuartas, 2005, p. 183). De allí que ingeniosamente, Antonio Guzmán inaugure la primera parte de su libro con cuatro tankas, delineadas en lengua tzeltal y traducidas por el mismo autor, al español; este hecho reactualiza la tradición japonesa, bebe de ella pero la transforma.
Lo interesante en Antonio Guzmán es el diálogo que entabla con su propio entorno y con la tradición oriental. Sus poemas tienden en la mayoría de los casos a la apertura mayor, dejando de lado los espacios pequeños, las aberturas estrechas y los insectos diminutos. Esta adhesión a los lugares abiertos, lo aleja de la cotidianeidad de Issa pero lo acerca a las contemplaciones de Basho; con éste último comparte también el sentimiento de fugacidad, de mutabilidad y del paso del tiempo. Ya en el título se centra esta preocupación: Guzmán ha elegido la figura del fuego como permanencia pero también como transitoriedad, como algo que está en una permanencia cambiante, en una transformación constante en su propio consumir. Bajo esta dicotomía de estabilidad y movimiento, más de fluir que de estatismo, Guzmán traza los poemas con la conciencia del tiempo y de lo efímero.
Aunado a esto, Guzmán logra sortear bien los tropiezos de la simplicidad, penetrar en el misterio y ejecutar en la brevedad la elegancia de los versos, la perpetración de las imágenes y conseguir la tranquilidad del haijín; pero sobre todo logra abstraerse del mundo, regodearse en la soledad para llegar al desapego de la materialidad y ver la realidad de manera espontánea, sin forcejeos. Estos elementos eran defendidos a ultranza por Basho, encaminado más a una religión que a un manual para hacer haikú.
Guzmán también apela, en la tercera parte de su libro, a una permanencia y a un estatismo, que de la contemplación alude a la interrogación, a la introspección. El movimiento es apenas perceptible bajo el bloque de la inmovilidad.
“La sed del hombre
es una con el agua,
bajo su pecho”
            Aunque se haya dicho hasta el cansancio que el elemento vital del haikú es la sugerencia y no la reflexión, Kamijima Onitsura (1661-1738) propugnó por una interioridad y un fervor a la desnudez de las cosas no en su fluir sino en su permanencia. Onitsura, un poco más reflexivo y ontológico “concentra su atención en la noción constituyente del ser de las cosas, en lo que estas son, no en lo que dejan de ser o en lo que se transforman” (Cuartas, 2005, p. 83). Guzmán apela a ese mismo procedimiento y ya no en la movilidad de las cosas, sino en su estatismo, va interrogándose o planteando imágenes que lejos de plasmar un hecho lo descubre de manera reflexiva.
            Con Issa Kobayashi y Yosa Buson, Guzmán también entabla un diálogo interesante: con el primero, al llegar a un nivel de comprensión y empatía ante la fatalidad o precariedad de los otros; en el último apartado del libro, se puede rastrear la figura comprensiva del poeta ante el luto y el desamparo. De Yosa Buson, Guzmán extrae la convivencia de los contrarios e intenta por alcanzar el cuidado minucioso de la forma y el estilo.

III
Alejandro Aldana, en el prólogo a Vivir como fuego, traza las particularidades que hacen diferente la poesía de Guzmán respecto a la tradición japonesa: una de ellas es la introducción del yo lírico, figura que trataba de ser disuelta en los poetas japoneses, debido a la ausencia de egocentrismo estipulado en el budismo zen. En el primer apartado del libro, Guzmán inicia los poemas desde su intimidad, para después ir engarzando la mirada hacia otro sujeto que el poeta contempla. Es decir, parte casi de una subjetividad romántica, para después desplazar su mirada hacia un sujeto lírico en donde se ve reflejado; salvada esas impresiones, el poeta se abre ante la inconmensurabilidad del tiempo y del mundo.
La presencia del claroscuro apuntado en los primeros versos del libro, se mantiene hasta en las últimas páginas. El fuego es la imagen que vertebra todo el poemario y de trasfondo, aparece la oscuridad: a partir de allí se van condensando otros idearios como la vida, la muerte, el tiempo, su finitud, la estabilidad y el movimiento. Igual que una pintura japonesa, los trazos negros no se imponen a la blancura del papel.
Dejando de lado los cuatro primeros tankas, la evolución del haikú en Guzmán opera a manera de un viaje interior, hacia el exterior; pasando por diferentes estadios: al igual que el fuego, tarda en propagarse, en encender las brasas; salta después hacia afuera en chisporroteos intensos. La llamarada da paso a un calor estable o a una aparente inmovilidad, se consume a sí misma para dar después testigo de la muerte, de los rescoldos y las brasas que apenas titilan el recuerdo del fuego.
             
Bibliografía
Arellano Aguirre, Diana Cristina (2010). Aproximación a la naturaleza del haikú mexicano en su primera década de existencia (1919-1926) [Tesis de licenciatura]. Universidad Nacional Autónoma de México
Cuartas Restrepo, Juan Manuel (2005). Los 7 poetas del haikú. Cali, Colombia: Universidad del Valle.
Fermine, Maxence (2010). Nieve. Madrid, España: Anagrama.
Guzmán Gómez, Antonio (2016). Vivir como fuego (Col. Ts´ib-jaye, Textos de los pueblos originarios). Tuxtla Gutiérrez, Chiapas: Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas y Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas.
Svanascini, Osvaldo (2008). Tres maestros del haikú (Col. Poesía del Mundo, Serie Antologías), Caracas, Venezuela: Fundación editorial El perro y la rana.

             

miércoles, 19 de julio de 2017

Se necesita luz en esta alcoba

Edgar Núñez Jiménez


Al entrar a la habitación, le invadió una urgencia por llorar, por tirarse de bruces en el suelo y esperar a que anocheciera, a que llegara Daniel a levantarla. Que tonta, pensó; cerró la puerta tras de sí y miró la llave por inercia. Será por esto, se dijo, por la habitación tan despoblada, lo que resulta absurdo, idéntico a un cuerpo obsoleto donde hay que guarecerse bajo la lluvia o a esas pieles de víboras que dan lástima sobre la arena de los desiertos. Se acostó en la cama para ver los detalles: el único cuadro de diez por cinco al lado izquierdo de la cama, el espejo rectangular cerca de la puerta del baño, las cortinas color crema que cubrían la ventana y la televisión sostenida desde una base metálica adosada a la pared. Encontró la cama tan cómoda y la habitación mal iluminada, sólo entonces supo que la satisfacción de haber llegado hasta esa ciudad con aires de provincia, a cuatro horas de la capital, le llegaba en dosis prolongadas de tristeza, de un dolor acerado pero irreal.
Es estúpido sentir esto, Daniel vendrá antes que anochezca. Abrió la mochila; eran cerca de las cuatro y necesitaba comer, se preguntó si era necesario sacar las piezas de ropa que llevaba consigo, para acomodarlas en el pequeño buró. Estaba sola. Era el silencio de la ciudad la que de pronto la hacía sentirse extraña y ajena. Se fue al baño para lavarse los dientes; se contempló durante unos minutos en el espejo y notó el cansancio en sus párpados. Arregló las toallas cerca del lavabo y revisó si había suficiente papel para limpiarse. Antes que anochezca, pensó, pero en esta noche no habría luna como la primera vez que la tomó con fuerzas, con desesperada urgencia. 
        Al no encontrar sobrecitos de jabón líquido, se arrepintió de no haber llevado consigo algunos; se desnudó y entró al chorro de agua fría, al menos tenía el pequeño jabón blanco para su cuerpo. No quiso cantar por temor a que alguien del otro lado la oyera, esperó el agua tibia, pero al tratar durante quince minutos y en vano, se apresuró a restregar su cuerpo porque la tarde caía irremediable aunque cálida. Se sorprendió, en efecto, de la calidez del sol, en esa ciudad donde la temperatura bajaba gradualmente según transcurría el día.
Cuando hubo salido del baño se alistó con la segunda ropa que llevaba en la mochila y como sentía la atmósfera cálida, se decidió por la blusa de mangas cortas pero precaviéndose se amarró la bufanda al cuello. Ya no sentía ganas de llorar; una incipiente felicidad le bailaba en los ojos. Salió a la calle apresurada, no podía perderse, al hotel había llegado preguntando a los escasos transeúntes que se topaban con ella. Daniel, Daniel, pensó, este es tu pueblo, tu ciudad que palpita en tu memoria. Y buscaba en cada calle, por las esquinas, debajo de los faroles, deseando encontrarlo. Daniel era alto y delgado, difícil de confundir; parecía que iba a romperse al dar un paso en falso, pero sus piernas delgadas soportaban el peso de su estructura, lo que ella recordaba con mayor precisión eran sus labios, de un ardiente latir por el grosor de su boca, anchos y desmesurados donde podía edificarse el mundo. Aquella noche le dijo temblando que tenía los labios rebosantes y él, con una aparente candidez, se limitó a sonreír.  
No supo en qué intermedio del recuerdo llegó al centro de la ciudad. En las orillas, donde las sombras se proyectaban, la temperatura se guarecía con frialdad en los rincones. Ella entendió que no caminaba sobre calles despobladas sino por silenciosos recodos en la memoria de Daniel. Entre los arbustos se alcanzaba a ver la figura ancha de la policía que horas antes, le había indicado las calles, para encontrar el hotel donde se hospedaba. Al pasar cerca de ella, le sonrió tímida y se echó andar bajo los portales. Esta ciudad mítica la estaba adueñando con cada pilastra y cada arco. En efecto, el aire raspaba al entrar por las narices; su pureza se confundía con el frío de las montañas que guarecían las sombras. 
         Comió en el último restaurante, bajo los portales, porque lo consideró económico y solitario, a esa hora los pájaros surcaban el aire buscando, en los árboles del parque, refugio. Cerca de las seis terminó y pagó la cuenta; sería distinto –pensó– si él hubiese venido a verme, a esperarme en una de las bancas donde ahora los estudiantes esperan a que fenezca la tarde. Rodeó las calles paralelas como si buscara a alguien, pero al ver que eran más de las seis subió rumbo al hotel, esquivando personas que la noche sacaba a borbotones por las aceras. Antes de llegar sacó el teléfono buscando rastros de Daniel, pero no encontró nada.  
Pasó el dintel de la entrada y en la recepción encontró un grupo de jóvenes que se inscribían en la bitácora, tembló porque tenía que pasar a través de ellos y no dejaban de mirarla. Se acomodó la bufanda fingiendo tranquilidad, en mitad del trayecto el camarero le retuvo a vista de todos: Debe dejar la llave cada vez que salga, le increpó. En los sillones otras personas esperaban, rodeadas de maletas, se sintió incómoda y quiso defenderse, enseguida tratando de disuadirlo dijo, No volverá a repetirse. Esquivó los rostros y llegó hasta la habitación; estaba fría y oscura, se tiró encima la cama y encendió la televisión para no escuchar el barullo de afuera. No me conocen pensó, nadie. Y revisó si el cuarto se encontraba como lo había dejado, abrió la mochila y buscó en el baño sus pertenencias. Sólo hasta entonces pudo darse cuenta que no podía asegurar la puerta desde dentro y no pudo reprimir un extraño pavor. Sin embargo, todo estaba en su sitio. No pueden quitarme nada, porque nada tengo, pensó. Y vio que eran cerca de las siete. 
Abrió la ventana para que el aire se limpiara; daba a un corredor que no la llevaba a ninguna parte, cuya puerta podía abrir desde dentro. Se recostó mirando el televisor. Estaba algo enfadada porque Daniel no la llamara y se le había olvidado preguntar de nuevo si había agua tibia porque quería bañarse. No pudo evitar el sueño; a la media hora despertó sobresaltada buscando en el teléfono algún mensaje de Daniel; al no encontrar nada, se le vino la idea de que probablemente había llegado a buscarla, salió a preguntar con el camarero. Volvió enseguida porque no encontró a nadie y aprovechó para informar a Daniel que estaba instalada desde las cuatro. Entonces sus esperanzas empezaron a cuartearse. Para adelantarse a cualquier vicisitud ideó esperarle a una calle del hotel o en el lobby, según la hora que decidiera llegar. Pero a las nueve, Daniel le informó que no llegaría esa noche porque esperaba a que su hermano menor llegara a casa.
           Entonces decidió salir a la calle. No olvidó dejar las llaves en la recepción y caminó despacio como si buscara a cualquier persona para platicar con ella. Fue en busca de un café, pero en los portales tardaron en atenderla, y algo molesta salió a los quince minutos rumbo al parque: allí la gente bailaba al compás de la marimba, se quedó quieta observando las parejas jóvenes que se encontraban de pronto con una felicidad inadmisible que a ella no dejaba de gustarle pero tampoco de dolerle. Después, buscó en derredor alguna cafetería, pero cuando por fin encontró una no quiso detenerse porque la vio demasiado lujosa y temió que la taza de un americano le hubiese salido más costoso que el viaje. 
        Decidió volver al hotel, pensando en el pago efectuado horas atrás, a lo mejor fuera necesario explicar al camarero que esa noche no llegaría nadie pero que en la noche siguiente sí. Deberá entenderme pensó, mañana pagaré lo de una persona nada más y tendrá que dejar que Daniel pase la noche conmigo. Urdió el plan necesario, pero cuando estuvo delante de recepción, creyó todo en vano y se limitó sólo a pedir la llave. El camarero le vio con lástima, intentó preguntarle por la otra persona que llegaría a la habitación; no lo hizo porque no era de su incumbencia y porque los turistas llegaban cerca de las tres de la mañana a exigir que fueran dirigidos a sus cuartos. Cuando ella llegó a su habitación jugó un rato con la almohada y se percató que la puerta sólo podía abrirse con llave desde fuera por lo que las noches resultaban cómodas y seguras.
         Al estar otra vez sola pensó en recoger sus pertenencias para marcharse al día siguiente muy de mañana. Entró al baño para recogerse el cabello y evitó el contacto con la toalla que esperaba, al igual que ella, a Daniel. Se secó con la suya y regresó a la cama. El cuarto estaba frío ya, por la ciudad se dejaba caer una niebla helada. Durmió lo que pudo, se despertó a ratos porque su sueño era inestable, venía a su mente la cara de Daniel llamándola, pidiéndole perdón. Al otro día el sol de las once le recibió y un nuevo mensaje de él en el teléfono. Le pedía que no se fuera ese viernes, que le esperara porque esa noche llegaría sin reticencias. Entonces ella volvió a alegrarse y antes de cualquier percance, decidió ducharse, para arreglar después la ropa sucia en la mochila vacía. 
         Salió al aire limpio y traslucido que se dejaba propagar en las calles, volvió a los portales donde se decidió por una hamburguesa pensando en economizar el dinero para volver a la capital el sábado por la mañana. Estaba tan rebosante que decidió, en su viaje de vuelta, sacrificar la estadía en otro pueblo de los Altos, con tal de esperarlo. Aunque el desayuno era bastante sobrio, lo paladeó con lentitud, masticando bien los trozos que se llevaba a la boca. Después regresó a sus andanzas, caminó hacia el oriente, del lado del teatro, buscando recintos que no había visto la noche anterior, preguntando por las artesanías y sus precios. Aunque cada vez se sentía amenazada por las miradas de los pueblerinos, decidió no regresar al hotel hasta las cuatro de la tarde después de haber comido en los portales, nuevamente, una platillo sencillo y económico. Cuando volvía al hotel, llamó a Daniel un par de veces pero fue en vano. Quince minutos más tarde él pidió disculpas diciendo que no podía contestar porque estaba en clases, entonces ella se contentó con imaginarlo dentro del salón, mientras escribía apuntes en el cuaderno. Pero a las ocho, cuando volvió a marcarle para preguntarle cómo se encontraba, no volvió a recibirle la llamada. 
          Entonces volvió al parque con la inocente ilusión de encontrarlo. Se sentó en los portales, pero otra vez nadie le atendió. Molesta entró a una tienda para comprar un té enlatado y caminó hacia el sur. Algunas cuadras más abajo, donde las calles se iban como diluyendo hacia el valle, decidió regresar. Al pasar de nuevo por el parque le informó a Daniel que si quería podía esperarle en alguna de las bancas, pero la respuesta de él fue contundente, no quería salir porque el cansancio lo agobiaba y que sería inútil encontrarle de buen humor a esas horas. Ella por temor de molestarlo le escribió que no se preocupara, que iba a esperarle en el hotel hasta las once, esperando no dormirse antes. Daniel no contestó y ella volvió al hotel con una esperanza de que esta vez si llegara, porque no era posible haberle ido a buscar a cuatro horas de distancia, para que él se comportara de esa manera. En recepción pasó a liquidar lo de esa noche y pagó por dos nuevamente, el camarero no se intrigó pero se limitó a pensar sobre los gustos raros y excentricidades que tienen los turistas. Ya en el cuarto, ella se recostó  pidiendo en silencio que llegara a verla un instante, para tocarle el rostro siquiera. A las doce se durmió con el celular en la mano y la televisión encendida.
         El sábado recogió sus cosas, se cepilló los dientes y esperó a que la camarera llegara a su puerta para avisarle que ella misma recogería su cuarto. Se metió a bañar y descubrió que la llave de agua caliente sí servía y entonces entibió el chorro de agua y por primera vez, en dos días, se bañó con agua tibia. Al salir, pensó en vestirse con el pantalón con el que había llegado y ponerse la única blusa que tenía limpia. A las once Daniel le pidió que la esperara, que en verdad necesitaba amarle esa noche, pero que últimamente la suerte no estaba a favor de ninguno de los dos. Entonces ella le pidió, casi suplicante, que le prometiera que si llegaría, que pagaría por última vez el alquiler del cuarto, pero que no podía quedarse otro día más porque su dinero escaseaba. Se quedó allí en el cuarto, un poco temblorosa y casi al borde del llanto, a esperar la respuesta de Daniel que llegó una hora después y se resumió en un sí, que lo esperara. A las doce del día el camarero tocó la puerta de la habitación, le informó que a la una de la tarde terminaba su estancia; salió a recibirle con la puerta entornada y le extendió los últimos billetes que le quedaba, pidió otra noche esquivando el rostro del camarero y cerró enseguida casi con vergüenza. 
         No salió a desayunar a los portales porque sólo tenía el dinero para volver a casa, se tomó lo que restaba del té enlatado y una manzana que había metido en su mochila a propósito. Vio la televisión todo el día y escuchó canciones al atardecer, pero a las seis decidió salir en los alrededores, y en su caminata visitó las iglesias que se fue encontrando. Cuando llegó hasta una iglesia de cúpulas altas y paredes amarillas, decidió pasar un gran tiempo dentro de ella, Daniel le informó que llegaría a las nueve y no a las seis como habían quedado desde el principio. Entonces ella le dijo que estaba en San Caralampio y que estaba dispuesta a esperarle ahí hasta las nueve. Daniel respondió con una carita feliz y un sí. 
         Allí le dieron las ocho, y tuvo que salir de la iglesia porque cerraban a esa hora. Se fue a sentar bajo la ceiba, erigida en el centro del atrio, cuyas ramas esparcidas en el cielo querían retener a una luna cada vez más grande. Allí estuvo una hora más, sintiéndose cada vez más sola, la temperatura bajó considerablemente. Triste, volvió sobre sus pasos, tardó en llegar al hotel porque en instante perdió la noción del espacio; caminó sin rumbo, calle tras calle, las calles resultaban tan angostas y oscuras, y los pueblerinos tan escasos y poco confiables, que por primera vez aparte de frío, sintió miedo. La espalda la tenía tensa y adolorida, pero caminó hasta encontrar el hotel y llegó a la cama a recostarse un poco. Dieron las once y fue a bañarse utilizando la toalla que esperaba la llegada de Daniel, tardó mucho en la ducha tibia porque lloró allí un poco y sentía una debilidad tremenda porque no había comido nada más que la manzana en todo el día. Cuando salió, secándose con la toalla limpia, notó que la habitación estaba más fría que de costumbre y fue a cerrar las persianas.                Buscó el celular pero al no encontrarlo, un pánico volvió a invadirle,  a lo mejor Daniel ya venía en camino buscándola en todos los hoteles; o bien, lo esperaba sonriente afuera del hotel, a una calle o sentado en el lobby con el camarero. De inmediato, se puso la ropa sucia de hacía un día y se amarró la bufanda al cuello, salió casi con un sobresalto pero en el lobby sólo el camarero cabeceaba frente a la televisión encendida. Entonces pensó que todo era imposible, que esto era un juego interminable.
         Ya en la habitación se dio ánimos con una pequeña carcajada, Que tonta, se dijo, Daniel no sabe en qué hotel me hospedo. Ni siquiera en el número de la habitación. Revolvió la cama y encontró el celular bajo la almohada que esperaba mudo y silencioso. Llegó la una de la mañana y no pudo dormir esa noche, Daniel no llegó, pero a las tres de la mañana le dijo que andaba enfermo, que estaba intoxicado pero que a la mañana siguiente se encontraría repuesto y la iría a ver desde temprano, que por favor no se precipitara. Lo que quedaba de noche ella ya no durmió y entendió ese último mensaje como algo que se estaba postergando como el destino. A las seis le pidió al camarero que quería quedarse otro día más pero que le faltaba dinero, le explicó lo de la ausencia de Daniel, pero no pudo conseguir nada. Entonces al ver la negativa, le dijo que abandonaría la habitación a la una de la tarde como estaba convenido, pero que esa mañana Daniel sí llegaría. Recogió sus cosas, guardó todo y dobló las toallas húmedas. Apagó la televisión que toda la noche había parloteado. Sin nada qué hacer y para esperar la hora de salida, leyó el contrato pegado detrás de la puerta, abrió hasta a propósito la puerta clausurada y allí espero bajo un sol tibio que no podía disipar el frío. 
          Cuando las doce cincuenta de la mañana apuntó en el reloj, ella fue con mochila en mano y las toallas dobladas para abandonar la habitación, pero el camarero le dio mucha lástima verla así y le pidió que se quedara por cortesía, que esa noche no pagaría ya alquiler alguno. Le dio toallas limpias y le dijo que esperara a su invitado en el lobby, que él no se molestaba en lo absoluto. Ella agradeció entre contenta y triste, pero decidió regresar al cuarto pero sin deshacer la maleta. Decidió dormir para no sentir hambre, quiso mandarle un último mensaje a Daniel pero el crédito del celular estaba agotado. Se negó a bajar a comprar una ficha para llamarle, que lo hiciera él pensó, no estoy enojada contigo sólo pido que vengas a despedirme siquiera. A las cinco de la tarde la despertó una llamada de él que no alcanzó a contestar, pero en un mensaje que llegó después le pidió que en los portales llegaría a las ocho de la noche. 
           Ella bajó a esperarle a la hora indicada pero Daniel no apareció por ningún lado, se metió a los portales por un café y pidió un pay de queso por favor, para mitigar el hambre. El café tardó media hora en ser servido pero el pay de queso nunca llegó, entonces ella le dijo al mesero lo que había pedido, pero este regresó diciendo que era imposible traerle un pay de queso. Entonces tráigame algo para comer, suplicó. No quedan más que platillos especiales, le dijo, todo lo que ve en esta lista, incluido el pay se ha terminado. Pagó los trece pesos del café americano y lo tomó con desesperada angustia, fue el café más amargo de su vida. Regresó al hotel, pasó a saludar al camarero en el lobby y se quedó a charlar un rato con él, éste al verle las mismas ropas con las que había caminado por más de cuatro días le invitó un café y un pedazo de pan que guardaba en la alacena. Luis Daniel no llegó ni a las diez ni a las once. Tampoco le dijo que volviera a casa porque el encuentro sería imposible. El camarero fingió no ver cómo ella comía hasta las migajas, pero por pudor no quiso preguntarle más por lo que sólo espero la despedida y el buenas noches de sus labios.
          Cansada llegó a su cuarto pero no encendió el televisor ni la luz. Ni siquiera quiso ir al baño porque era imposible y el nuevo mensaje de Luis Daniel decía lo mismo de todos los días, que llegaría a las doce en cuanto el hermano menor se durmiera. Ya no quiso ni contestar porque no podía, se recostó en la cama y sintió frío. Se acobijó. En esta habitación falta luz, pensó, sí que faltaba. Abrió los ojos, eran las once, faltaba una hora, ¿qué podía hacer para no dormirse?, imposible leer porque estaba cansada y la luz de la habitación era pálida y pobre. Sintió un poco de hambre y sueño, pero era la soledad la que lentamente la vencía, abrió de nuevo las ventanas y se quedó viendo el pasillo clausurado: vendrá a las doce, se dijo, sí…esta vez vendrá. 


martes, 16 de agosto de 2016

Matusalén


Edgar Núñez Jiménez


Para Amaury David Sánchez Burelo

Porque dentro de siete días,
haré llover sobre la tierra…
Génesis 7:4

Acuérdate, Matusalén, que buscamos por mucho tiempo el lugar donde moraba la lluvia. Pero en los últimos días estabas un poco más cansado que de costumbre y tu humor se tornaba cada vez más insoportable. A pesar de tu carácter, reseco y árido, menos amoroso y delicado, tus ojos nunca perdieron esa bondad que resplandecía cada vez que parpadeabas.
Recuerdo el color de tus ojos; eran ellos los que presidían tu cuerpo. Aunque el color era de tierra levantada, una humedad jugueteaba dentro de ellos, impelida quizá por la nostalgia de la vida. No pudieron resecarse a pesar de los vientos que venían del norte, la miseria apenas pasaba suavizándolos con aparente timidez. Tu rostro, en cambio, se fue desmadejando con las horas, al igual que tu cuerpo; se resecó como los surcos arados después de la sequía y aprendí a leer en él lo que la tierra decía con sus grietas.
No sé por qué terminé creyéndote, quizá porque ante tu insistencia se sumaron los discursos que le dictabas a la noche, antes de dormirte. Escuchaba tus lamentos durante el día, cuando tumbado sobre la roca, espiabas arriba buscando las nubes. Creo que entre sueño y sueño tu idea se me fue metiendo y no tardó en germinar como una semilla; empecé así, sin saberlo, a quererte a la vez que tenía la misma urgencia por vagar como extranjeros lejos del arca.
Precisamente por eso me olvidé de derrumbar árboles como los otros pero tampoco decidí abandonarme a la pereza. Diariamente te acompañaba en tu búsqueda, cargando agua y alimento y sirviéndote de esclavo. Con el tiempo perdí la credibilidad de la gente y dejé de ser bien visto, entre los demás. Acuérdate que en los pueblos nos veían como forasteros y nos insultaban; sabían que eras de la estirpe que había sustituido al hombre cuya sangre clamaba sobre la tierra. Nos echaban brutalmente de los pueblos, no querían escuchar tus plegarias sobre la lluvia ni comprendían esa urgente necesidad por mirar la caída del agua. Nunca nos quisieron, Matusalén, y cuando volvíamos al campamento me daba pena mirar a los otros, cuyas manos hinchadas y salpicadas de llagas demostraban lo pesado de las faenas.
A ti nunca te importó eso. Preferías sentarte encima de una roca, entre las astillas, revisando el firmamento cargado de estrellas. Así se te iba el tiempo, durante la noche, hasta que en tus ojos parecía ahogarse la luz del cielo; yo advertía cómo temblaban tus pupilas dilatadas, cómo a través de ese mirar cansado y quieto se te iban yendo las palabras, las oraciones silenciosas. No podía soportarlo, todos dormían soñando esa jornada interminable de árboles caídos, entonces salía a caminar por los alrededores con la vista al suelo. Y a pesar del cansancio, caminaba sin rumbo hasta que regresaba con los sueños en los párpados.
Antes de que el sueño me atravesara como un cuchillo, me ponía a llorar por largos minutos, en silencio, hasta que el cansancio de mis lágrimas se iba sumando con el cansancio de mis pasos. Nunca te lo dije Matusalén, porque hubieses sido aún más miserable; tus noches se habrían tornado intranquilas, con retazos de pesadilla, intentando comprender el hecho misterioso de llorar. Por más que veía tus ojos, cuando la tristeza te embargaba, sólo veía en ellos cómo jugueteaba la nostalgia húmeda queriendo salir en una lágrima. No podías llorar, Matusalén, eso lo comprendí con el tiempo; desde entonces salía a llorar por mí y por ti, pensando en mis caminatas nocturnas que hubiese sido un alivio siquiera para ti saber cómo se llueve desde nuestros ojos.
En los últimos días tus fuerzas decrecieron considerablemente; te vi destruido, sin esperanzas, con los ojos cerrados al cielo. Logré decirte que nos faltaba ir un poco al sur, pero moviste la cabeza negativamente, querías ir al oriente. Desde un principio insististe pero me rehusé a pisar esa tierra de extranjeros. Al tercer día seguías todavía encima de la piedra. Ya por entonces las astillas estaban pisoteadas y sucias, los animales venían a tropel desde todas partes. Sólo proferías maldiciones a tus hijos, quienes se ocupaban en todo menos en tu deseo. Ni siquiera tu nieto te sirvió de consuelo, a pesar del nombre que ostentaba.
Faltaba poco para que la embarcación estuviera calafeteada por dentro, cuando insistí en llevarte hacia donde sale el sol. Entonces tus fuerzas volvieron, vinieron de muy lejos, como si tus novecientos años no te bastaran. Y al ponerte de pie, parecía que la tierra temblaba. Te apoyaste Matusalén, sobre mi hombro, y caminamos rumbo a donde los reflejos se hacían menos densos. Tu nieto me logró gritar que el viaje de vuelta sería imposible y que para entonces encontraríamos las puertas cerradas. No hay consuelo musitaste, meneando la cabeza de un lado a otro. La noche se tejía en esa parte del cielo, con una finísima filigrana de nubes. No paramos, aunque la oscuridad se volvió impenetrable con los pasos; por segunda vez, desde hacía mucho tiempo, volví a ver la esperanza resbalar sobre tu cara. Adentro, tu cuerpo pesado, iba desmoronándose lentamente como un montón de piedras, pero afuera se irradiaba cada vez más con una luz que no venía de ninguna parte.
A la mañana un viento helado nos recibió y el camino estaba más suave que de costumbre. Más adelante, la tierra se volvía más suelta e inestable. Acampamos delante del último árbol de ciprés que esperaba de pie; allí te tumbaste porque te dolían los talones llenos de llagas. No podía sino lamentarme, pero no quería llorar frente a tus pasos. Sólo suspirabas y no parabas de repetir que por fin verías a la lluvia. Por un momento, el silencio de la mañana se llenó del anhelo de un hombre y parecía entonces que llovían pero palabras, como cuando se creó al mundo. Te fue invadiendo el sueño Matusalén, fuiste guardando en la desconocida oscuridad los dos pedazos de tierra que te guardabas en los ojos. Parecías pleno, lleno de una paz infinita que era tan sólo comparable a la de una urgencia desmedida. Ya no pudiste más Matusalén, a la hora los pájaros te espantaron el sueño y vimos un torbellino de plumas dirigirse de donde habíamos salido. Más adelante el camino se volvía pantanoso y un aire helado se venía retorciendo entre las piedras de aquella tierra extranjera. No podemos más, me dijiste y me acariciaste el cabello sintiendo un rumor de lluvia que se fabricaba en todas partes.
Allí sentí que el sueño deshecho se volvía agua en mis entrañas. Te quedé viendo a los ojos, para que te comiera con los míos esa tristeza que no podías sino enterrar entre tus surcos de polvo árido. Ya no, me dijiste. Te agarré entonces de la mano y corrí hacia donde se dirigían las pezuñas de las bestias. Cayeron los primeros relámpagos y vi la tierra azotada por un cinturón de aire. Entonces sentí que tu cuerpo me detenía, tu fortaleza hecha polvo, los dedos de tus pies rotos como astillas de ciprés. Era una masa de piedras fragmentadas que terminaban de deshacerse e iban cayendo con una lentitud dolorosa. Allí quedaste con la cara vuelta al cielo, enterrado tu deseo de lluvia encima de una tierra ya inestable. No pude pensar más que en regar con rocas la flor seca que representaba tu cuerpo. Amontoné piedras de todo tipo, temiendo que los animales pudieran devorar lo que quedaba de ti.

No te lloré Matusalén. Quise llevar la brea que conseguí cerca del pantanal, pero la creí innecesaria. Había pensado untar un poco las paredes de madera para sentirme útil, pero la tiré encima de tus piedras, creyendo hacer de ti un cuerpo incorrupto. Además la brea no serviría en ningún rincón del arca, con su puerta tapiada. Caminé hacia el campamento, olvidando para siempre la tierra de Nod. Corrí hacia el arca, Matusalén, con todas mis fuerzas. Sobrevolaban pájaros encima de mí y a lo lejos, tras las frondas, los mugidos lastimeros presagiaban la tormenta. Corrí, Matusalén, olvidando, recordando tus ojos de tierra levantada mientras mis ojos lloraban por fin, a borbotones. Pensaba en relatar tu historia, en cómo sería el océano cuando se juntara con la tormenta. A qué sabría el agua de la lluvia, si su dulzura podría acabar con la sal del mundo. Pero no era necesario pensar en todo eso. No era necesario. El agua lavaba las lágrimas de mi rostro. Escondí la vista entre mis rodillas, postrado en la tierra húmeda ya. Y la lluvia Matusalén, parecía la palma de la mano de un hombre que subía del mar. Acuérdate, Matusalén, así era, acuérdate. 


miércoles, 10 de agosto de 2016

El estridentismo mexicano

Edgar Núñez Jiménez

La poesía mexicana del siglo XX la inician tres escritores con poéticas particulares distintas; los une el mismo impulso de renovación lingüística que cada quien persigue de acuerdo a sus intereses y búsquedas, la prerrogativa sin embargo es la misma: alejarse paulatinamente del terreno minado que ha dejado el modernismo. Así, Enrique González Martínez, se aleja tímidamente del movimiento al componer un poema que desacraliza al cisne, imagen que el modernismo decimonónico resguardaba con celo; José Juan Tablada, en cambio, se sirve de expresiones extranjeras como la poesía oriental y las vanguardias europeas en tanto que Ramón López Velarde trabaja en una poesía más personal e íntima, arraigado al sentimiento provinciano y a los sentimientos cristianos en contraste al exotismo y cosmopolitismo de la corriente en boga. Estos tres escritores, dice María del Carmen Millán[1], representan el inicio del siglo y preparan, de algún modo, a las generaciones posteriores.
         La vanguardia más radical llega después, en la segunda década del nuevo siglo, liderados por un grupo de jóvenes que deciden lanzar sus preocupaciones estéticas de una manera poco común, a la que los intelectuales de la época no estaban acostumbrados. En las paredes de la ciudad de México, junto a los carteles de corridas de toros y funciones de teatro, fue fijado el primer manifiesto estridentista, en los últimos días de diciembre de 1921. Aunque la aparición del manifiesto provoca desconcierto en el panorama intelectual, Luis Mario Schneider[2] insiste en que no puede hablarse de un movimiento sostenido, es más bien un llamado a los intelectuales para que testimonien la trasformación vertiginosa del mundo. Lo que debe destacarse es que este hecho iniciático da cuenta del nombre de la nueva vanguardia y de su líder principal, Manuel Maples Arce; además arroja destellos de lo que el movimiento explotará más adelante: el carácter informal, la denuncia desenfadada, el lenguaje agresivo y contundente.
         De los catorce puntos que Maples Arce expone en el manifiesto, Schneider sostiene que el punto número siete es el más importante de todo el contenido: allí Maples Arce dice no creer en ninguno de los “ismos” existentes por lo que propone la síntesis de todas las tendencias vanguardistas. Schneider, aclara, que los otros puntos enunciados en el manifiesto no son sino ideas extraídas del futurismo italiano –al dar importancia capital a los avances tecnológicos que la modernidad trae con ella– y del ultraísmo español, movimiento fundando tres años antes. De allí que la crítica considere al estridentismo como una “secuencia bastarda del futurismo de Marinetti”[3] aunque Maples Arce rechace con insistencia semejante idea. Por otro lado, el punto siete defendido por Schneider como el más importante, no es sino una modificación del presupuesto ultraísta donde se sostenía que la vanguardia española intentaba ser una síntesis de todos los ismos en boga.
         Pilar García Sedas es quien sostiene que en 1920[4], El universal ilustrado reproduce un artículo de Antonio M. Cubero titulado “Literatura ultraísta”. El dato no deja de ser relevante, no sólo porque Actual No. 1 se publica un año después del artículo de Cubero, sino porque el periódico dará cobijo, años más tarde, a la joven vanguardia estridentista. Además, señala García Sedas, el ultraísmo utilizará a la ciudad como eje vertebrador de una nueva estética; impronta que el estridentismo sabrá dirigir hacia sus filas particulares. Sin embargo, se pecaría de presuntuoso creer que la ciudad como elemento poético nace de la vanguardia española y no de la tradición europea decimonónica. No sólo la poesía de Baudelaire o de Whitman habían recurrido a la ciudad como elemento poético, sino también los novelistas franceses como Balzac o Zolá y los españoles, iniciados por Pérez Galdós. De allí que, Oscar Lebranc – uno de los primeros defensores de Maples Arce – diga que el estridentismo no deviene del futurismo de Marinetti, sino de la rebeldía del Rimbaud parisino[5]. La importancia, entonces, de Manuel Maples Arce radica en encarnar esa amplia tradición e introducirla en México, para mostrar, en palabras de Schneider, la falta de vitalidad y modernidad a la que había llegado la poesía. La insolencia y lo iconoclasta, sirvieron a Maples Arce, para destruir simbólicamente a los patriarcas de la literatura nacional y con ello trazar una línea que intentaba liquidar el pasado inmediato.
         No es sino hasta 1922, que el estridentismo comienza a conformarse como grupo y a ganar terreno en el panorama nacional. La difusión y recepción del movimiento se polariza en dos grandes grupos que defienden con apasionamiento o detractan al nuevo movimiento. En este ambiente hostilizado por la crítica, aparece el primer libro de poesía de Manuel Maples Arce Andamios interiores, con la que inaugura una temática nueva promoviendo un lenguaje moderno y vanguardista. A finales de la década del veinte, El universal ilustrado publica dos artículos que vienen a ser las primeras recepciones críticas que defienden el  trabajo de Maples Arce: Rafael Heliodoro Valle y Arqueles Vela se muestran comprensivos ante la nueva estética y la extrañeza que representa la obra en el panorama nacional; las otras dos apreciaciones en torno al libro, dice Schneider, son de autores escudados tras el anonimato y entienden los poemas como una literatura banal; otros artículos encuentran en la obra virtudes extraliterarias sin caer en apasionadas apologías.
         El universal ilustrado, se convierte también en ese año, en el órgano de difusión más socorrido por los estridentistas para publicar todo lo que tenga que ver con el movimiento. En sus páginas aparecerán, más adelante, poemas estridentistas y notas imaginarias y humorísticas de los principales integrantes. Bajo la dirección de Carlos Noriega Hope –quien simpatizará enormemente con los integrantes del movimiento– el periódico se verá transformado para dar cabida a los textos estridentistas: “La novela semanal” se crea como un pequeño suplemento y allí se publica el 14 de diciembre de ese año la novela La señorita Etcétera de Arqueles Vela. Con este acontecimiento, la estética estridentista alcanza un peldaño más en la literatura escrita en México y se va apartando de la improvisación temprana para ganar espacios serios en un órgano de difusión de carácter nacional. Para esos años, sugiere Schneider, el estridentismo va inscribiéndose cada vez más en un plano social y político. “Ya no se trata de perseguir el escandalo un tanto gratuito, con la idea de provocar reacciones que inquieten el ambiente artístico, sino de buscar apoyo en el orden social como justificación del quehacer creativo”[6]
         El segundo manifiesto estridentista, Actual No. 2, recibe el año de 1923 distribuido en las paredes de Puebla. Germán List Arzubide se había adherido a las filas estridentistas un año antes, quien  dirigía desde Puebla Ser,  revista de provincia que a pesar de no estar influido por vanguardia alguna daba cobijo a las tendencias de renovación literaria. Este nuevo manifiesto es más breve y resume las ideas más importantes de los puntos expuestos en Actual No. 1: se busca sobre todo la exaltación a las máquinas, al progreso, el testimonio de cómo la modernidad permea la vida de los individuos con los nuevos alcances que la tecnología y la ciencia ofrecen. Busca un arte que sea expresado sin las férreas leyes sintácticas y apela más bien al desorden emotivo y lúdico del pensamiento.
         Lo que hace distinto a este segundo manifiesto del primero, es que en Actual No. 2 se incluyen una colección de poemas de Pedro Echeverría, el primer intelectual que acude al llamado del primer manifiesto. Por otro lado, se exhorta exclusivamente a los jóvenes poblanos en un afán por consolidar el vínculo extendido  por List Arzubide y ganar terreno entre los grupos intelectuales de otros estados. Por su parte, Maples Arce no se contenta ya con destruir los sentimientos patrióticos nacionales sino que ataca a personajes vinculados a la vida cultural y social de Puebla, en particular a un grupo de profesores del Colegio del Estado de nacionalidad española. La proclama, finaliza ya no con un extenso directorio de vanguardia, sino con la firma de los principales integrantes del movimiento donde figuran Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide, Salvador Gallardo y M.N. Lira. La aparición de este nuevo manifiesto es decisiva: da cuenta del impulso y la fuerza de la nueva vanguardia a la cual hay que defender como única verdad: “Defender el estridentismo es defender nuestra vergüenza intelectual” reza las últimas líneas de Actual No. 2.
         Ese mismo año sale a la luz Irradiador[7] revista dirigida por Maples Arce y Fermín Revueltas de gran importancia para el movimiento estridentista. Se trataba sin duda, de un proyecto a largo plazo: el primer número publicado en el mes de septiembre, indica los costos de una subscripción a la revista de seis números. Sin embargo, el alcance de Irradiador es breve y los dos meses siguientes se publican únicamente dos números y la revista desaparece. Stephan Baciu, advierte que en el primer número de Irradiador se difunde el nacimiento de una nueva revista en Guatemala a cargo de Miguel Ángel Asturias y David Vela. La intención primordial es que la escuela estridentista tenga alcances mayores fuera del país, de allí la insistencia en el segundo número de Irradiador de publicar nuevamente la difusión de la hipotética revista ETC. La aventura estridentista en Centroamérica, se ignoran las razones, no logró concretarse y el último número de noviembre de la revista mexicana suprime el anuncio y en su lugar hace publicidad de otras cuestiones.
         Por el mes de noviembre, cuando Irradiador [8] desaparece, Germán List Arzubide publica Esquina el primer libro de poemas que corre a cargo de “Ediciones del movimiento estridentista”. Aunque la recepción crítica fue escasa para esta obra, Schneider señala que la originalidad de Arzubide radica en que sus poemas tratan a la ciudad no solamente como presencia física, sino desde un aspecto sensorial, ontológico, la incidencia que repercute en la existencia del individuo. Todos los elementos de la urbe “configuran en la ciudad la vida del hombre contemporáneo”[9].
         En 1924, se lleva a cabo la primera exposición del estridentismo en el Café Europa, ubicado en la Col. Roma, lugar frecuentado por los integrantes de la vanguardia quienes eran clientes asiduos. Ese lugar, sugiere Schneider, representaba mucho para los estridentistas ya que allí se habían concebido ideas capitales como la gestación de una editorial y la creación de Irradiador. No es extraño entonces que años después Arqueles Vela inmortalizara dicho lugar en su novela titulada El café de nadie.
         En mayo de ese mismo año, El universal ilustrado publica un artículo de Pablo González Casanova, titulado “Las metáforas de Arqueles Vela”. Schneider sostiene que dicho análisis crítico es diferente a los anteriores, la crítica –como ya se dijo– se encontraba desequilibrada debido a la sobrestimación por los defensores estridentistas y la censura de quienes no compartían las ideas de vanguardia. González Casanova logra entender las novedades estridentistas al señalar que la tradición literaria está en constante renovación; los movimientos al desligarse con la tradición encuentran siempre detractores que censuran sus ideas. “Hasta la publicación de los juicios de González Casanova no existía ningún trabajo con perspectiva valorativa y menos aún procedente de un prestigiado filólogo”[10].
         Maples Arce, antes de publicar Urbe, su tercer libro, decide escribir artículos donde el desparpajo de los manifiestos sea tímidamente visible. Le preocupa más dar a conocer los elementos que configuran su quehacer poético a la vez que justifica también la originalidad de la vanguardia. En “Jazz-XY” Maples Arce explica la musicalidad de la poesía estridentista; Schneider indica que las estructuras de las ciudades y su ritmo de vida, la presencia industrial y los nuevos artefactos que el avance tecnológico descubre, obligan  a que el poeta de cobijo en su estética a esta nueva presencia tonal. En “La sistematización de los movimientos literarios” Maples Arce  parte de que la belleza en la obra de arte responde a momentos históricos y sociales específicos, de allí que ante una nueva realidad los conceptos de arte sean también renovados a las exigencias de las circunstancias. “Parte de la tarea radica en que a una nueva expresión, a un nuevo concepto, tiene que corresponder necesariamente a una nueva técnica de arte. De allí que también las formas con que se manifiesta una literatura condicionen la relatividad de lo bello”[11].
         En 1925, el estridentismo entra en un relativo estancamiento y una leve crisis se resiente en el movimiento. Maples Arce abandona la ciudad de México y se traslada a Xalapa, Veracruz, de donde volverá a manifestarse. Esa transición que el líder del grupo realiza paraliza las actividades proselitistas de la vanguardia. Kenneth C. Monahan[12] explica que a inicios de ese año existía una fuerte expectativa, en los círculos intelectuales, sobre qué pasaría con la vanguardia mexicana. Los primeros meses de ese año, dice Monahan, surgieron varias polémicas en torno a la situación actual de la literatura mexicana: como era de esperarse la estirpe conservadora mantenía que el panorama era estéril. La vanguardia estridentista aún se negaba a morir y el 12 de julio de ese año, en Zacatecas, –impelidos quizá por el silencio que Maples Arce guardaba– un grupo conformado por Salvador Gallardo, Guillermo Rubio, Adolfo Ávila Sánchez y Aldeguldo Martínez, publican el tercer manifiesto estridentista. A decir de Schneider, esta nueva proclama no aporta nada al movimiento es más bien una protesta lanzada inspirada por los textos de Maples Arce y Arqueles Vela, su única importancia radica en haberse expuesto en otro estado del país, dando cuenta de focos activos de estridentistas en México y en hacer ruido en el momento más silencioso de la vanguardia mexicana.
         En el año siguiente, el estridentismo recupera fuerzas desde el estado de Veracruz, Manuel Maples Arce se vuelve Secretario General del gobernador Heriberto Jara y auspiciado por él, la vanguardia estridentista impulsará diversas actividades en la capital del estado. Al resurgimiento del estridentismo, Xalapa pasará a ser no solamente Estridentópolis –una ciudad fundada por la estridencia – sino también el lugar donde vendría a morir la vanguardia. “Desde abril de 1926 hasta mayo de 1927 salió la revista Horizonte, que publicó simultáneamente El movimiento estridentista de List Arzubide, El café de nadie de Vela y Poemas interdictos de Maples”[13]. Ese mismo año se publica en Buenos Aires Índice de la poesía hispanoamericana, con prólogo de Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro y Alberto Hidalgo; esta antología recoge poemas de Maples Arce y List Arzubide como los representantes de la vanguardia en México. “Esta inclusión indicó la importancia dada a los estridentistas por estos eminentes sudamericanos”[14]
         Para 1926, en Ciudad Victoria Tamaulipas, el III Congreso Nacional de Estudiantes, concibe y publica el 4to y último manifiesto estridentista. Esta nueva proclama no era sino una antología de los textos más sobresalientes del movimiento; es el más extenso de todos los manifiestos anteriores. Ofrece un último agregado donde da cuenta de la posible construcción de una universidad estridentista, un teatro y la publicación de los evangelios fundadores de la vanguardia mexicana. Es curioso que esta última proclama finalice, augurando la decadencia del movimiento, que para el año siguiente el estridentismo habría inventado la eternidad. Germán List Arzubide, publica el último día de 1926, El movimiento estridentista, un libro personal que relata la conformación del movimiento, sus inicios, los alcances y sus tropiezos. “Fotografías, grabados, reproducciones de cuadros, facsímiles de algunos manifiestos, programas de exposiciones y anuncios, hacen que este libro sea único, una especie de Biblia estética del estridentismo…”[15]. La publicación de List, para Schneider es vital e importante, con ella parece empezar a darse por concluida las filas de la vanguardia y las fechas entre el Actual No. 1 y la publicación de El movimiento estridentista parecen embonar perfectamente rematando un ciclo literario[16].
         En 1927, año en que el gobierno de Heriberto Jara es derrocado, Jhon Dos Passos visita México y se encuentra en Xalapa con Manuel Maples Arce. De esta amistad, dice Schneider, surgirá la traducción de Urbe al inglés por el mismo Dos Passos, quien modificará levemente el título: Metrópolis. A pesar de que Schneider no encuentre en Urbe un adelanto técnico ni hallazgos ni sorpresas como en la poética anterior de Maples, esta obra trasciende al ser el primer libro mexicano traducido al inglés y el primero de toda la vanguardia española.
         Luis Leal, citado por Stephan Baciu, afirma que los estridentistas no hicieron grandes obras pero si introdujeron las nuevas tendencias vanguardistas. Carlton Beals, en cambio, sentenció que la América hispánica ha vivido bajo tres influencias literarias: la de España, la de Francia y la de los estridentistas de Xalapa. Estas posturas, afirman, una vez más la polémica entre los grupos literarios que se acercaron o alejaron de la vanguardia mexicana. Lo cierto es que el estridentismo supo sintetizar los postulados de otras vanguardias en boga para poner en órbita a la poesía mexicana de inicios del siglo XX.
         La retirada violenta del estridentismo de Xalapa y la liquidación de su impulso estético renovador, se debió en gran parte por el derrocamiento de Jara; quien durante dos años protegió al grupo estridentista de los ataques de una comitiva de estudiantes y otros grupos reaccionarios que no simpatizaban con el movimiento y con las acciones que Maples ejecutaba en los planos sociales y culturales. Schneider insiste en mucho antes de la caída de Heriberto Jara, los estridentistas se estaban preparando para concluir las filas vanguardistas; pero el hecho inmediato apunta que todo fue provocado por los disturbios políticos de la época.




[1] María del Carmen Millán (2009). Literatura mexicana e hispanoamericana, Editorial Esfinge, México.
[2] Luis Mario Schneider (1985). El estridentismo México 1921-1927, Universidad Nacional Autónoma de México, México
[3] Luis Mario Schneider (1985). El estridentismo México 1921-1927, Universidad Nacional Autónoma de México, México, p. 12.
[4] GARCÍA-Sedas, Pilar (2006). “Madrid ultraísta. Xalapa estridentista. La ciudad múltiple de Humberto de Rivas” en Lars: cultura y ciudadNº. 5, 2006, p 35.
[5] LEBRANC, Oscar (1981).  “¿Qué opina usted del estridentismo?” en La Palabra y el Hombre, octubre-diciembre 1981, no. 40, p. 69.
[6] Luis Mario Schneider, Óp. Cit. p 15.
[7] En el trabajo de investigación El estridentismo, México 1921-1927 Luis Mario Schneider dice que la revista Irradiador es imposible de conseguir y que se encuentra perdida. Jorge Mojarro Romero en su artículo “Arqueles Vela, el estridentismo y las estrategias de la vanguardia” explica que a finales de los ochenta Stephan Baciu halló en la biblioteca de Jean Charlot los dos primeros números. Mientras que Evodio Escalante encontraría los tres números en la biblioteca de un nieto de Salvador Gallardo. En el presente trabajo de investigación se anexarán los tres números de Irradiador en el apéndice para información de nuestros lectores.
[8] Al desaparecer esta revista, dice Schneider, el único órgano de difusión que les queda a los estridentistas es El universal ilustrado, de allí presentarán a poetas extranjeros desconocidos en el ambiente cultural de México.
[9] Luis Mario Schneider, Óp. Cit. p 19.
[10] Luis Mario Schneider, Óp. Cit. p 20.
[11] Luis Mario Schneider, Óp. Cit. p 22.
[12] Kenneth C. Monahan. (1981).  “El apogeo del movimiento estridentista” en La Palabra y el Hombre, octubre-diciembre 1981, no. 40, p. 119.
[13] Ibídem, 120.
[14] Ibídem, 126.
[15] Luis Mario Schneider, Óp. Cit. p 31.
[16] Luis Mario Schneider no dice específicamente la fecha en que se publica el primer manifiesto, sólo se sabe que sucedió “los últimos días de diciembre”. El libro personal de List Arzubide ve la luz el 31 de diciembre de 1926.